Almudena Grandes y su Inés y la alegría

Con motivo de la concesión a Almudena Grandes del Premio Nacional de Narrativa 2018 –ni ella soñó con llegar nunca a tanto, ni tal premio caer tan bajo–, ofrecemos a nuestros lectores una interesantísima crítica histórico-literaria de uno de sus libros más conocidos “Inés y la alegría” que pone en su sitio y en evidencia a dicha “escritora”, en realidad sólo una propagandista y panfletaria marxista como otra cualquiera.

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Había cometido una pequeña infracción de tráfico y me puse como castigo el tragarme este libro. Conocía a la autora más que por sus obras por su lenguaje y le tengo una animosidad personal, eso lastra la objetividad en el análisis, lo reconozco.

Durante la lectura (llegué hasta el final por la razón aducida) no sabía si reírme o echarme a llorar: niña de casa bien, con un pisazo en zona noble de Madrid, hermano y familia acomodados y de derechas de toda la vida, y se nos echa a perder; del disgusto mata a mamá y el hermano se salva por pelos; ah, fundamental, sus albricias al comenzar la guerra al parecer eran porque podía practicar el amor libre, ya se sabe, el mono con cremallera bien engrasada.

Almudena Grandes

El caserón, o casoplón como ahora dicen, lo dedica al servicio de la causa, y uno de los causantes, amante de ella, es el que le causa todas las desgracias cuando termina el conflicto. ¡mala suerte!; o sea que no fueron los malos sino los buenos, o a la inversa, según se mire, pero desde sus propias filas.

Su hermano le echa una mano (para que rime), y la redime, a su pesar; se trasladan al paraje idílico de Pont de Suert, por suerte porque no hay una predeterminación, y mira por donde se encuentran en primera fila para el episodio que se avecina.

Como no había televisión, aunque sí algunas cadenas de radio, pero su favorita era Radio España Independiente, emisora pirenaica, que al parecer estaba más próxima a los Cárpatos que a los Pirineos, pero era igual, de eso tardaríamos mucho tiempo en enterarnos. Lo cierto es que Inés, y también yo, la escuchábamos, aunque los programas que yo escuché debieron ser más modernos porque fue en fechas posteriores, soy más joven que Inés, pero no creo que hubiesen mejorado mucho porque el primero me sirvió para dormirme y el segundo también, y ya no hubo más; tampoco iba a autocastigarme por placer. Lo cierto es que como somnífero tampoco era bueno pues se escuchaba malamente y tenías que subir mucho el volumen y de repente volvía la onda con mucha fuerza y te delataba ante los vecinos que se enfadaban no porque escuchases esas ordinarieces sino porque los despertaba. Comprendo a la pobre Inés (todavía no le había llegado la alegría al cuerpo), esperando la redención desde el más allá pegada a la radiogalena, pero había que tener mucha fe para escuchar que Stalin había entrado en Madrid, o que ya estaba en Chamartín próximo a hacerlo.

Pero a ella le sirvió para enterarse de que los comunistas de Monzón (Carrillo no tuvo nada que ver aunque parezca mentira), cruzan la frontera, la gran invasión; la guerra que no supieron ganar en el Ebro, con todo el material que tenían, pretendieron ganarla con 3.000 hombres, ciertamente estos fueron los auténticos maquis. Y nuestra protagonista, que había vuelto a ser una chica bien, bajo la égida de su hermano, aunque un poco ajada por los traqueteos de la guerra y la cárcel depuradora, da su grito de alegría (¿de ahí el título?): ¡que vienen los míos!, coge un caballo de las cuadras familiares (en la mansión tenían de todo) y arrumba hacia el norte, hacia el Pirineo.

De Pont de Suert hasta el Valle de Arán hay 40 kilómetros aproximadamente, una jornada que se puede hacer a caballo, pero Inés, o Almudena, se olvida contarnos por donde entra en dicho valle. Si fue Almudena lo haría perfectamente por el túnel de Viella, como lo haríamos cualquiera de nosotros hoy día, pero Inés debió tener mas problemas porque en aquellas fechas dicho túnel estaba en construcción; pequeño detalle que se le escapa a la autora hasta el punto de que ni lo menciona.

Terrositas comunistas en 1942

La alternativa era el puerto de la Bonaigua, que si echamos un vistazo al mapa veremos que la distancia se acrecienta bastante y el paso en aquellas fechas era bastante peliagudo. Para no hacer trampas le diré a Almudena (a Inés no porque ya había cruzado), que cuando las tropas nacionales fueron a contraatacar consiguieron meter una batería de artillería por ese boquete semiabierto de Viella, pero claro está los medios para conseguirlo eran muy superiores a los que disponía la errante Inés, aunque alegría y entusiasmo no le faltaban.

Procuraré ir abreviando no sea que me salga una parrafada más larga que la que yo me tragué, y que algunos de vosotros no conseguisteis vencer. Una vez en el valle pone rumbo a Bossots, donde los maquis han ubicado su PC (Post commander, como dicen los americanos, no tiene nada que ver con la filiación política de los invasores), y aquí empieza otra historia para echarse a reír pues me recordaba el cuento de Blancanieves (podían haberlo tomado como guión para la película de M.Verdú). Inés se convierte en BN y les arregla la casita y les prepara la comida a los…bueno, no eran enanitos, que con un horario oficinesco salen a trabajar todos los días aunque en vez de llevar el pico al hombro llevan el fusil; hacen su labor de captación, con resultados muy negativos y decepcionantes, y emplean poco el fusil hasta que llegan las tropas de reacción, aunque algo sí, y algunas vidas se llevan por delante. Inés Blancarroja sigue con su trabajo doméstico (la guerra era cosa de hombres), y eso sí se da unas alegrías para el cuerpo con el más guapo del grupo, que no era el mandamás, aunque éste le cede su alojamiento que debia ser el despacho del alcalde de la localidad.

No recuerdo muchos detalles porque me reía tanto que se me saltaban las lágrimas, pero casi todas las escenas eran calcadas del referido cuento infantil.

Y a partir de aquí la historia pierde su interés porque comienza la evasión al grito de éso el último e Inés tan identificada está con la causa, o con su ligue, que prefiere el exilio al asilo de su familia fraterna.

Luego viene la historia del restaurante que montan al haber hecho el curso de cocina práctico dándole de comer a los enanitos, y todo lo que se le ocurra a Almudena para rellenar páginas y más páginas con lo que lo único que consigue es detraerse lectores, que deciden utilizar su tocho para sujetar las puertas los días de viento o para subirse a la alacena a coger el bote de la mermelada.

Pido disculpas si a alguien molesté con mi crítica, menos a la autora que se lo ha buscado.

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